Por eso todos los humanos no africanos tenemos entre un 2% y un 4% de herencia neandertal, consecuencia de encuentros sexuales con esa especie en Oriente Próximo u Oriente Medio hace unos 100.000 años, y los melanesios y australianos portan entre el 1,9% y el 3,4% de genoma denisovano debido a otra hibridación posterior en Asia. Además, en julio pasado, investigadores españoles descubrieron en el genoma de pigmeos actuales de las islas Andamán, en el océano Índico, fragmentos de ADN de otro homínido que vivió en el sureste asiático y también se cruzó con nuestros antepasados.
«La secuencia de ADN inuit en esa región casa muy bien con el genoma denisovano y se diferencia claramente de las de otros humanos actuales, aunque no podemos descartar la posibilidad de que proceda de otros homínidos arcaicos cuyo genoma desconozcamos. Ese gen ayudó a los inuit a adaptarse al frío ártico como otro gen denisovano, EPAS1, ayudó a los tibetanos a sobrevivir a las condiciones de hipoxia -falta de oxígeno- a gran altitud», dice el científico.
En opinión de Racimo, la hibridación entre nuestros antepasados y los denisovanos sería un buen indicador de que, al igual que los neandertales, esos homínidos asiáticos no eran tan diferentes de nosotros. «De la morfología de los denisovanos sabemos muy poco, por los pocos fósiles encontrados, pero de los neandertales sabemos que no eran tan primitivos, que tenían mayor capacidad craneal que nosotros y que eran diferentes, pero no tanto», concluye el genetista argentino.
Fuente: diariosur.es | 21 de diciembre de 2016
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